martes, 13 de diciembre de 2011

¿CRITICAR POR ‘CRITICAR’ O CRITICAR PARA CONSTRUIR?

Necías E. Taquiri Y.

Algunos conceptos sobre la crítica los tenemos claros: que es una actividad siempre constructiva, si es entre nosotros, que pertenecemos al mismo cuerpo social o político -lo que supone entender con absoluta claridad, que al enemigo no se le critica, sino se le ataca, para destruirlo, para hacerle quedar mal, ganarle, anularlo, etc.-; que es un derecho de todos hacerlo, por cualquier medio, en cualquier circunstancia o sobre cualquier asunto; y supone –obviamente- entender el tema, sustraer lo medular y alcanzar alternativas de solución.

Porque, si no se alcanza una propuesta para que mejore la cosa o el asunto criticado, en el reiterado entendimiento de que estando entre ‘nosotros’ es para corregir, ayudar, construir; entonces, no es crítica, por muy buenas intenciones se tenga o por mucho conocimiento se posea, y no es sino mera cháchara, alimento o pasto de los enemigos, a quienes se termina sirviendo, finalmente.

De ahí pues, viene la famosa frase: “criticar no es destruir, criticar es construir”. Criticar es alcanzar los mecanismos que necesitan los criticados (que repito, debe estar entre nosotros), para salir del error, de la dificultad o del delito (inclusive), como sostenía Makarenko, cuando aseveraba que hay que matar el mal que se anida en el individuo y no matar al individuo con el criterio fascista de “muerto el perro, muerta la rabia”. 

Por ejemplo, si yo digo que “los perros callejeros de la ciudad de Ayacucho se han convertido en uno de los vectores más peligrosos de la salud humana, porque sus excretas las ‘consumimos’ a diario, convertidas en polvo y levantadas al libre albedrío por los vehículos que se han multiplicado en forma desmedida”, etc., y maldigo al alcalde calificándolo de incapaz por no superar el problema, u “ofendo a sus propietarios por seguir creando más perros”, y ahí me quedo, festejando por haberlos insultado, tras haber satisfecho mi ego de supuesto gran periodista, lo que hice, es lo mismo que cualquiera, por las calles o por los medios, por haber desacreditado al alcalde, como si fuera mi problema, cuando el problema es otro, y luego exigir que sea revocado.

Lo que debo hacer desde la prensa, para que mi crítica sea tal, y no una mera expresión de odio a la persona del alcalde, es añadir a mis comentarios, las más inteligentes alternativas de solución al problema descrito. Verbigracia: “emita usted una ordenanza indicando que los propietarios serán multados severamente por criar muchos perros en su casa y soltarlos a la calle; que, de persistir en tan mala actitud, se procederá a capturar a los perros, con la indicación de que sus propietarios, para retirarlos, tendrán que pagar una multa de 200 soles por perro; y, si aún así siguen soltándolos a la calle, se eliminarán a los perros, con todo el sentimiento del caso, porque tampoco podemos permitir que nuestra salud siga siendo mellada por culpa de tantos perros ‘criados’ prácticamente en la calle”. 

Ahí tenemos un ejemplo –aunque sea burdo- del ejercicio de la crítica, que como verán es siempre constructiva, porque se está dando entre nosotros, ya que el alcalde es nuestro, fue elegido por nuestro pueblo, está en nuestro seno, y, en tal sentido, no es el alcalde de la ciudad de los delincuentes, ni del planeta de los simios, sino ‘nuestro’. Es deber nuestro ayudarlo a mejorar su gestión, a erradicar los perros que nos hacen daño y, en fin. Salvo que por voluntad propia, conscientemente, se convierta en nuestro enemigo, empieza a regalar cachorros a medio mundo, se resiste a emitir ordenanzas, no quiere ordenar que se limpien las excretas.

En ese caso, ya deja de pertenecer a nuestro pueblo, se convierte en su enemigo, ya no hay que criticarle nada, y lo que queda es, nada más que revocarlo, por haberse convertido en enemigo del pueblo, a pesar de las críticas alcanzadas cuando estuvo en el seno del pueblo. Estando fuera del pueblo, no es destinatario de nuestra crítica, sino merecedor de nuestro odio, de nuestro ataque, de nuestros deseos de ‘eliminarlo’ de entre nos. Y punto, ahí la cosa cambia. 

 Porque si actuamos como cierta prensa, y con ventilador embarramos al mundo entero, sin distinguir quiénes son los enemigos del pueblo, los amigos, los vecinos, o los intelectuales de avanzada; es decir, a tirios y troyanos, a quienes se les presenta ante sus ojos, al que se equivocó acaso por encontrarse en acción (porque una cosa es mirar a la gente con ojos estiercoleros, desde la tribuna de los comechados, de los indiferentes y los teóricos a ultranza), o al que jamás se equivocó pero quisieran que se equivoque, para machetearlo, destruirlo, despanzurrarlo, desprestigiarlo, pisarlo, pulverizarlo, porque la intención es ésa y no ayudarlo a salir del mal (como enseñara el mismo Makarenko); entonces ya no estamos actuando como críticos sino como criticones o criticastros, por cuyas cabezas no pasas sino el mortus espíritus, la maldad moldeada, el odio a la persona, así digan lo contrario, porque la práctica es criterio de verdad.

Y esto último, o sea, echar barro o eme con ventiladora a la persona que se nos cruce en el camino, con o sin cargo social o puesto importante en la vida de un pueblo o de un país, no es constructivo, no es servir al pueblo de todo corazón, sino odiar al prójimo con cualquier pretexto. Los criticastros que conocemos, con falsa alma de santos, y en nombre del amor de dios, inclusive, pero con profundo odio convertido seguramente en sangre, plasma, pulpa, nervio o células todas, tienen nombres y apellidos. Por ejemplo Cipriani Thorne: donde haya protestas, donde vea inteligencia, él los ve como terroristas, infiltrados, enemigos, como sugiriendo que se les elimine, tal como ocurrió en la embajada del Japón. Eso, no es crítica; eso, es odio. Quienes hablan así (maten a tal o boten a fulano), no son críticos, son émulos de Cipriani, aunque lleven sotana y ‘representen’ a dios.

Consecuentemente, dos cosas por definir: uno, ubicarse y ubicar a los demás en el sitio correspondiente, y criticarlo si está entre los nuestros, sin caer en el odio personal, naturalmente, y, dos, ‘eliminarlo’, ‘destrozarlo’ si está en el campo del enemigo, porque en ese caso no corresponde crítica alguna sino el ataque. Si confundimos estas dos precisiones elementales en la actividad de la crítica, actúo, tal vez, o movido por mi ignorancia o empujado por mi odiosidad que, entonces, me desautoriza en el ejercicio de la crítica. Lo que lleva el crítico es el remedio; y lo que ‘distribuye’ el criticastro, es veneno.  

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