viernes, 11 de mayo de 2012

MORIGEREMOS LAS INFORMACIONES



Necías E. Taquiri Y.

Resalta en el trabajo de los periodistas (que consiste principalmente en alcanzar informaciones y luego analizarlas, a veces con aires de grandilocuencia y superior conocimiento) el listado de acciones de corrupción, del narcoterrorismo, asesinatos de cónyuges, suicidios, asaltos de carretera, robo de bienes del estado, violaciones sexuales, maltrato de funcionarios, toma de locales y una gama de ‘malas noticias’ en detrimento de las buenas, con el prurito de que ‘si no son malas, no son noticias’ o que ‘las buenas noticias no se pueden escandalizar’ y no tendríamos qué vender o cómo ganar audiencia. “A la gente le gusta el escándalo y eso es lo que hay que darle”.

Entonces, la gente mentaliza (por el fenómeno de la persuasión) que todo está mal y no hay nada más que hacer, salvo rajar y rajar, insultar, generalizar, maldecir y, en medio de la confusión, a ‘susurro público’, insinuar que ‘quedamos solo nosotros (los periodistas puros, pues) como los únicos salvadores, por lo tanto: voten por nosotros en la próxima campaña electoral o por quienes nosotros indiquemos. Lógica diabólica, pero lógica al fin.

Ese es el refugio que los malos comunicadores quieren para su público, un refugio –en sí- basura, apoyado por los hombres y las mujeres desideologizados que a veces se acurrucan en la prensa deportiva para evadir esta realidad tan mala, triste, llena de desocupación, maldades, delincuencia, corrupción, envidia, asesinatos, raptos, hambre, enfermedades terribles y violaciones. “¿No ven que el mundo está mal y lo que nos queda de vida, hay que vivirla amargamente matando nuestras penas en peñas, discotecas, estadios y borracheras?” “¿Para qué hacer esfuerzos por cambiar esta sociedad, si no vale la pena?”

Lo óptimo sería darle a la gente las mejores noticias, las que construyen su personalidad. Es decir, a parte de las malas, las buenas noticias: la construcción de una carretera, la irrigación que avanza, la biblioteca que se inaugura, el campeonato de los chicos de una escuela, el retejado de un local municipal, la limpieza pública en el barrio aquel, la faena de una facultad por mejorar su presentación, la sustentación de una tesis con temas educativos, la adquisición de una computadora para cien alumnos de aquella escuela, la venta de papa nativa en mercados locales, la solidaridad de la gente que tiene un poco más para con sus conciudadanos, la hazaña de un pueblo pequeño que llevó agua a sus chacras utilizando cabuya para hacer puentes, ¡hay tantas noticias buenas!, como para decir que el mundo no está tan mal, que digamos, y que siguiendo ese camino podemos mejorar nuestra situación.

¿Por qué ser negativos, pesimistas, mal agüeros, sensacionalistas o amarillistas, si podemos ser positivos, optimistas e motivadores del cambio, a partir del entendimiento dialéctico de que todas las cosas del mundo tienen su lado negativo, pero también lo positivo y que de esto último podemos valernos para no morir sino triunfar?

Tiene mucho que ver lo que hacemos los comunicadores. Lo que decimos, cómo lo decimos, con qué intenciones, con qué frecuencia, con qué tonalidad, con qué estilo y sobre todo, con qué periodicidad. Eso cala: educa o deseduca, informa o desinforma, construye o destruye, optimiza o resigna, incentiva o desanima.

No es cuestión de gritar y gritar, de insultar y generalizar, de envenenar la mente de los oyentes, por el fácil argumento de "hay que darle a la gente lo que le gusta, el entretenimiento light y basura, las intrusas ‘tertulias’ con alto nivel de crispación y morbo para elevar sintonías”.

Si bien los periodistas tenemos la necesidad de conocer la realidad para proponer cambios, y denunciar abusos de poder, casos de corrupción e injusticias sociales, también es fundamental que sea previo contraste. Dar a conocer actos de corrupción de uno o dos, para luego afirmar que todos son iguales, sin haber cumplido esos requisitos no tiene sino un nombre: periodismo basura, irresponsable, incendiario y provocador a la mala, sin atisbo de mejoramiento de la sociedad. Una sobrecarga de denuncias sin propuestas alternativas es peor que la no denuncia, porque provocar efectos similares a la violencia. Lleva a decir: "todos son iguales, no hay nada que hacer, si ellos roban, entonces yo también”. Se banalizan la corrupción y la violencia.

La tendencia mediática –que, por supuesto, es innegable, existe, se impone en estos tiempos- debe sin embargo, cambiar. Solo así ayudaremos a entender que otro mundo es posible, que no todo está perdido. Ahora, si a pesar de esta reflexión científica y profundamente filosófica, seguimos pensando que lo malo impera, entonces, cojamos cada uno la soga corrediza y matémonos, ¿para qué vivir si este mundo está podrido?

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