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viernes, 29 de junio de 2012

ESTO ES PRENSA LIBRE, AKATANQAS




Necías E. Taquiri Y.

Con el título de “El hito de Watergate”, nos recuerda el colega Patricio Quevedo, un hecho que ocurrió en el primer mundo, cuando durante la noche del 17 de junio de 1974, el guardia de seguridad, Frank Willis, descubrió en una de sus rondas que cinco hombres habían penetrado subrepticiamente hasta las instalaciones del hotel Watergate, localizado en la capital estadounidense, y dio aviso a la policía. Nadie podía adivinar entonces las implicaciones que el caso llegaría a tener para la política de Estados Unidos, la vida del mundo y la trayectoria del periodismo investigativo. Lo replicamos con gusto pedagógico.

Por entonces estaba candente la campaña electoral previa a los comicios presidenciales de noviembre. La contienda estaba planteada entre Richard M. Nixon (republicano) y el candidato del Partido demócrata, George McGovern. Los adherentes de este último habían alquilado el hotel y allí habían instalado las oficinas de la campaña proselitista.

A su vez Nixon estaba próximo a culminar el primer período de su desempeño presidencial y en él había logrado éxitos importantes sobre todo de política internacional, ayudado como es justo reconocerlo, por su ubicuo secretario de Estado, Henry Kissinger, quien había mostrado sorprendentes iniciativas como la aproximación de Estados Unidos y China Roja, lo que alteraba la bipolaridad que antes distinguía a las superpotencias atómicas, con la Unión Soviética todavía muy preponderante.

Pero entonces llegó el oscuro asunto del atraco a Watergate y comenzaron las investigaciones: los descubrimientos se fueron dando con la misma fatalidad que distingue a las tragedias de la literatura griega. Se puso en evidencia que no había ocurrido un simple asalto de ratería común y corriente, si no que los hilos se prolongaban mucho más, hasta el propio Salón Oval, como se le llama al despacho del primer mandatario.

Gracias a minuciosas averiguaciones de dos periodistas de The Washington Post, Carl Bernstein y Robert Woodward, se encontró que Nixon solía grabar las entrevistas con sus colaboradores y el cerco fue estrechándose cada vez más, hasta que el Congreso inició el procedimiento para destituirlo -como solo había pasado una vez con Andrew Johnson, sucesor de Lincoln en la Casa Blanca-.

Este momento -8 de agosto de 1974- Nixon decidió renunciar, siendo reemplazado por el opaco Gerald Ford, aunque por superlativa ironía había ganado la reelección con una cifra sin precedentes de votantes.

De esta suerte y con un asunto espectacular, se demostró una vez más las virtualidades de la prensa libre; dentro de ella, del periodismo de investigación honestamente conducido, así como el servicio que presta a la comunidad nacional, a la depuración de las corruptelas que tan frecuentes son en el ejercicio del poder y al mantenimiento de los principios y los valores que dan sentido a la trayectoria ejemplar e histórica de los pueblos.

En cambio, las brujas chismosas que todos los días hacen la labor de ese animalito de chacra llamado “acatanqa”, que también se conoce como el escarabajo, por sus ‘labores’ casi exclusivas de revisar excretas, autodenominándose independientes y vivir su periodismo con el hígado, insultando todos los días a la persona, porque lo vio en el baño limpiándose el trasero con un periodicucho, no prueban nada, no demuestran corruptelas, no respetan principios ni aportan nada, salvo hiel y veneno en cada frase. Eso no es prensa independiente, sino dependiente del morbo, de la insania y de la maldad. Hay que saber distinguir, y de la historia aprender.   

lunes, 28 de mayo de 2012

¡CUANDO HUELE A CAFÉ Y NOTICIA!



Necías E. Taquiri

Sí, cuando lo que dijiste o escribiste huele a café y a noticia, esto es, cuando los intelectuales lo comentan, los analizan, o los teóricos de ‘la academia’ hasta maldicen tus errores ortográficos o tus horrores técnicos de estilo; o cuando otros felicitan tu valentía, este oficio del periodismo se torna interesante. Pero, todavía es mucho más espectacular, enterarte que tus artículos van coleccionándose uno a uno, sea para que los revisen una y otra vez, o los compartan luego con otros amigos, aunque sea tomando café, haciendo de analistas de informales ‘mesas cuadradas’, culturosos o bien informados ciudadanos.
Entonces recordamos a Camilo Taufic, para decirle (de autor a autor) “que este periódico, ya no sirve únicamente para envolver pescado o jabones en el mercado Playa Grau de la ciudad de Ayacucho. Y añadir que con un ejemplar en la mano, muchos amigos toman café –precisamente- comentando la noticia, comentando el comentario, para prolongar la noticia hasta el día siguiente, durante la semana o el año (si tiene peso y vigencia).
Del mismo modo, cuando los estudiantes de la Escuela de Formación Profesional de Ciencias de la Comunicación, en sus asignaturas –digamos- de Redacción, Estilo, Ética u otras, por iniciativa de sus docentes o por voluntad propia, utilizan nuestros trabajos como material didáctico, comparándolos con “El Comercio”, “Ojo”, “El País”, “El Mercurio”, etc., caramba, nos sentimos tan contentos como satisfechos, porque no estamos arando en el desierto y nuestra cosecha es compartida por estos muchachos que, después de todo, nos reemplazarán profesionalmente, no importando en ese sentido que ‘crucifiquen’ cada artículo, tras haberlo fichado con tres o cuatro resaltadores de diferente color.
Justamente, un colega-amigo de un Instituto Pedagógico, que había tenido la gentileza de seleccionar 300 comentarios editoriales referidos al tema educativo, tuvo la honradez de anunciarnos que los publicará constituidos en libro, naturalmente que mencionando nuestra autoría y solicitándonos –esa fue la razón de su inquietud por dialogar con nosotros- el prólogo del proyectado libro. Nos ha emocionado que no haya consumado lo que hubiera devenido en plagio vergonzoso y porque así nos ayudará a llegar con nuestras ideas principistas, pedagógicas y –en general- educativas, a más personas convertidas en lectores.
Un detalle particular es que, de los 300 trabajos seleccionados, ninguno puede ser calificado de sobón, de pro patronal, de pro empresa educativa, y que su importancia radica, en todo caso, en el estilo de crítica aprendido durante años de ejercicio periodístico, lo que supone consiguientemente, entre otras cosas: conocimiento o diagnóstico de la problemática educativa, un enfoque pedagógico científico del problema educativo, la propuesta regionalista que indique alternativas de solución a esos problemas y, finalmente, el compromiso a seguir trabajando en esa línea, hasta la autoevaluación y la evaluación externa por pares.
Ahora que hemos cumplido considerables años de existencia, y habiendo surgido la necesidad de ir avanzando, nos place saber que con el mismo interés nos leen en las oficinas de las instituciones del estado asentadas en Ayacucho y parte de la región, una veces con expectativa por simplemente saber ‘de qué estamos tratando hoy día’, en ocasiones con cierto temor “porque a ningún trabajador con dos dedos de frente le conviene ser tocado como corrupto, mediocre o ineficiente, nada menos que por el cuarto poder”, y en más de las veces, por los mensajes educativos, éticos y culturales de nuestros artículos.
Claro que en esta experiencia comunicativa satisfactoria, no faltan los problemas de rigor. A saber: errores ortográficos que ‘se nos va’, la excesiva amplitud o ampulosidad de los enfoques (a veces), cuando todo hace suponer que en materia de comunicación hay que ser claros pero concisos; redundancia o reiteración acaso cansina de ciertos temas, que impiden la cobertura de otros igualmente importantes para la sociedad, etc.
Empero, así y todo, “para no parecer lagartos”, como decía un viejo maestro del periodismo latinoamericano, ahorremos elogios a tanta gente que sin muchos cartones periodísticos pero con condiciones personales y profesionales de sobra, conocidos por la sociedad, hace que, 5 de cada 10 ayacuchanos que saben leer periódicos, nos tomen en consideración, incluso como referente regional en sus lugares de trabajo o estudio. 
NOTA: El colega a quien nos referimos en el comentario es ‘Veguita’, autor del libro Los abrileños, quien lamentablemente nos ha dejado muy tempraneramente. Que descanse en paz.

miércoles, 23 de mayo de 2012

“EN EL PALACIO DE JUSTICIA, NO HAY JUSTICIA PA’ LOS POBRES”



Necías E. Taquiri Y.

Para acabar con la corrupción –supuestamente- estamos escuchando la hasta desesperada campaña de algunos periodistas exigiendo que tal o cual juzgado, tal o cual fiscal anticorrupción, de este sistema de justicia por ellos mismos calificado de “el más corrupto”, castiguen a los corruptos.

La pregunta que se nos ocurre para entender el fenómeno es: ¿no están pidiendo peras al olmo, si se tiene en cuenta que “en el palacio de justicia no hay justicia para los pobres” como dice el huayno”? De esa misma prensa escuchamos sangrantes lamentos -y maldiciones y lloros- tras haberse enterado que un juez y un fiscal de Huamanga habían sido ratificados por el Consejo Nacional de la Magistratura (“ organismo independiente por mandato constitucional, (que) tiene la muy alta y delicada misión de seleccionar, nombrar y periódicamente ratificar a jueces y fiscales sólidamente probos, independientes, provistos de irreductibles valores éticos y morales, idóneos para garantizar la plena vigencia de los derechos de la persona y el respeto a su dignidad, a través de una correcta administración de justicia”).

Decían que la “ratificación era el fruto de la influencia de fulano por la amistad con el hermano del otro, que las condecoraciones y las distinciones recíprocas, que todo esto era una cochinada, que cómo era posible,  que eso no podía quedar así”, etc., ¡como si hubieran descubierto la pólvora! Pero, ¿no decían que los poderes judicial, ejecutivo y legislativo estaban al servicio de las clases dominantes? ¿O lo han olvidado? A menos que crean que ya se produjo la revolución y estos poderes ahora son diferentes y empezarán a administrar justicia a favor de los de abajo.

Tendrían que volver a escuchar el huaynito (“en el palacio de justicia, no hay justicia para los pobres”) para entender su vigencia hasta filosófica y constatar que  no obstante las mejores intenciones, los más grandes esfuerzos por desentrañar la corrupción mimetizada en las instituciones del estado –incluido el sector justicia, ¿o no?- las cosas están hechas para que, aunque se cambien todo (leyes, normas, nombres, estilos), ‘todo siga igual’.

No hay, pues, justicia que haya encarcelado a ningún rico como encarcela al ladrón de gallinas o al pobre que se llevó un saco de arroz. ¿Está preso Alan García, calificado de genocida, ladrón de siete suelas, autor de cien y un delitos cometidos desde su condición de mandatario? ¿El CNM, el Poder Judicial, el Ministerio Público o la prensa peruana pudo llevarlo a las mazmorras donde se pudren algunos equivocados hijos del pueblo?

Dirán, “sin embargo, está preso Fujimori”. ¿Realmente lo está? No, pues. Vive en una mansión especialmente acondicionada para él, tiene servicios exclusivos en materia de salud, alimentación, distracciones, comunicación; y con el dinero amasado mafiosamente en dos períodos de gobierno, goza de visitas individuales, colectivas y partidarias, al extremo de casi habernos puesto de presidente a su mismísima hija que de ‘virtud’ tiene, haber traicionado a su madre en la posición  vergonzosa de ‘primera dama’.

En consecuencia, mientras el modelo neoliberal impere, nadie podrá cambiar la forma conocida de administrar justicia en el Perú, porque eso sería contranatura, social y políticamente hablando. Los pírricos avances, los escasos logros fueron arrancados por el pueblo en base a una lucha tenaz, y no por un sector resentido, odioso e ingenuo de la prensa, mucho menos minoritaria y hepática. Algunos casos puntuales de justicia adecuada se registran ‘abajo’. Allá arriba, donde reinan los delincuentes de avión, yate y cuentas multimillonarias, el sistema está a su servicio.

¿Eso supone pensar que no existen jueces probos o fiscales honrados? ¡Aisladamente, por cierto, quién lo duda! Pero, de eso a pensar que puedan imponer sus criterios, su interpretación, sus sentencias como queremos los del pueblo, imposible. De modo que, cuidado con el culantro, dicen que es bueno en relativas cantidades y malísimo si uno se excede en su consumo. El odio o la sobrevaloración de funciones, no justifica que digamos tonterías.   

viernes, 18 de mayo de 2012

LA DICTADURA DEL ACOMODO



Necías E. Taquiri Y.

Estoy comprobando que lo más fácil del mundo, para no estar en el ojo de la tormenta, para que no te evalúen por lo que haces o dejes de hacer, para que no te busquen los ‘tres pies al gato’, para que no te traten de bueno o malo según cómo amanezca el día; es decir, para que te ignoren por completo como si no existieras o lo hicieras solo como la piedra tirada en el camino o la nada, ¡es que no te metas en nada, no asumas ningún compromiso y, desde el fácil lugar de la ‘donnadiería’, vegetes hasta que la muerte te lleve tal como la casualidad te trajo para abandonarte a tu suerte!

¿Y cómo se logra tal hazaña del no compromiso? (querrán saber nuestros lectores). Fácil: no aceptar cargo alguno desde la infancia hasta la ancianidad. Si te piden que lideres en fútbol, escoges el arco y renuncias a meter un gol. Si juegas en chepa, nunca lo haces a chapar, porque eso reviste esfuerzo, y prefieres que te chapen hasta los más lentos. Cuando tu barrio reclama pavimentación de sus calles ante la municipalidad, cargas papeles, saco o bastón de tus vecinos, pero ‘dirigir’ aunque sea una palabra, que lo hagan otros.

Más tarde, en tu condición ya de ciudadano, jamás aceptas cargos ni encargos, porque suponen compromisos. “Qué tal si me critican”. “A lo mejor me equivoco”. “Yo, no he nacido para esas cosas, prefiero quedarme en casita”. “Que vaya mi mujer que para esas cosas tiene pasta, o mi hijo mayor que ya está en condición de representarme”. “Yo no”. Es decir, justificaciones, evasiones, falta de espíritu de compromiso, miedo, vida apacible, ¡aunque te estén quemando el trasero en baile imaginario del alcatraz! Así fuiste siempre en la vida familiar, escolar, social, deportiva, religiosa, cultural.

Pero, como dicen, en esas almas de dios, mansas y hasta mojigatas, si los miras bien, son zánganos con formas de hombre (o de mujer, porque en esto no hay distinción), sumisos practicantes de la dictadura del acomodo. Van detrás de cada figura, y cuchichean, ‘critican’ (según ellos), cuentan el número de pelos corruptos que tienen los calvos o, para decirlo de una buena vez, ‘aprueban o desaprueban’ (sin tener autoridad ni experiencia vivida) a todo el mundo: al portero, al profesional, al técnico, al político, al funcionario, al asesor, al mentor, al escritor, al periodista o al decisor, de todos cuantos dicen:  “son malos, no saben leer, que ganan 8 cuando deberían solo 2, que no saben dirigir; que renuncien o que los cambien, porque no satisfacen nuestras expectativas”.

Entonces, propón a mengano o encárgale a fulana, aunque sea por una semana, el cargo que ocupaste o el puesto de sus criticados, en lugar del que se ha ganado el pleito, del que se quema pestañas y gasta energías en el campo de los hechos, y verás cómo estos rati-hombres o rati-mujeres (porque en eso se convierten en ese momento) emprenderán fugas cobardes, y preferirían suicidarse antes que asumir cualquier responsabilidad.

Así nomás mantienen su supuesta virginidad o su mojigata moralidad social, como certificando que solo dios y los idiotas no se equivocan, el primero porque no existe y los segundos porque nunca hacen nada, nunca se comprometen y nunca se equivocan. Son los habitantes del país de los no comprometidos; son los que se acomodan en cualquier escondrijo, y desde ahí como las lagartijas, ven pasar –pero juzgando, evaluando, denunciando, dizque- la marcha de los leones, los tigres, los elefantes, los cóndores, los pájaros, etc., que no es una marcha pacífica ni de perfecciones, sino de lucha, de avances y retrocesos, de críticas y autocríticas que, por supuesto, éstos ignoran cómo es, aunque con sus palabras como las urracas apestosas o las hienas, las culebras, los gusanos, quieran ningunearla. Es que son los donnadie.

domingo, 25 de marzo de 2012

LO QUE ESPERAMOS DE LA NUEVA GESTIÓN UNIVERSITARIA



Necías E. Taquiri Y.



Cuando fuimos a la Facultad de Ciencias Sociales, invitados a hablar sobre la Problemática de la Universidad Peruana, dijimos que en perspectiva hay salidas, aunque actualmente estemos viviendo –los miembros de la comunidad universitaria- una crisis tal que sólo nos salvaría una segunda reforma. Tarea, por cierto, harto difícil si tenemos en cuenta que sus impulsores, los llamados a poner los puntos sobre las íes, esto es, los estudiantes y los docentes estamos mal organizados o casi desorganizados, y somos capaces de reaccionar únicamente cuando nos pisan la cola, chocan con nuestra barriga o hincan nuestros intereses meramente individuales. Eh, ahí, el problema, como dirían los clásicos.



Sobre el papel de los estudiantes -motor y razón de la universidad-, que además serían los que impulsen -con una organización y planificación adecuadas la ansiada reforma universitaria, para evitar que se conculquen las reivindicaciones de sus antecesores de América Latina y se alcancen otras nuevas-, serán ellos los que en concordancia con su rol histórico y saliendo de esta suerte de marasmo de varias décadas, reaccionen y encabecen el movimiento universitario en su conjunto, obviamente vinculándose con las organizaciones, instituciones y sectores del pueblo, entendiendo sus problemas, moviendo alternativas de solución y haciendo carne el sentimiento y sueños del pueblo peruano.



En el caso de los docentes, el asunto está en que hay que liberarlos de sus ataduras –especialmente grupusculares, de padrinazgo y de evidente corte y estilo mafioso-, especialmente cuando asumen cargos y se convierten en burócratas. Entonces, ‘con absoluta libertad (Encinas, un Ensayo de Escuela Nueva en el Perú) podrán obrar creativamente. Eso supone, una de las siguientes dos cosas: una, que en sumo grado y hasta donde sea posible, aquel que fue para ser docente universitario, no se manche las manos con las ‘bondades’ de los carguitos de confianza o los logrados por elecciones ‘montesinistas’; o que, si eso fuera ya indispensable o inevitable, tampoco se convierta el docente-funcionario en la cuña o soporte del grupo imperante, hasta en las cosas administrativas aberrantes. El ejercicio de un cargo de estado no supone que el maestro haya hipotecado o vendido su libertad, en la escuela, el colegio o en la universidad.



Si un docente ganó un concurso para enseñar en aula, laboratorio o en el campo de su especialidad, ¿qué hace ahí fungiendo de decano, vicerrector o administrador de bienes y servicios? Es absurdo. A menos que, como conocimos casos particulares, hayan seguido una carrera (carrera y no cursos de poca monta y duración) para administrar universidades. En ese caso, aquel que estudió para manejar, dirigir o propender universidades, pues que se dedique a hacerlo y tampoco se meta de docente, porque quienes tienen alma de empresarios no pueden tener alma de proletarios. Imposible. Lo otro, esto es, atender a medias la administración universitaria, a medias la docencia universitaria, a medias la investigación universitaria y a medias la proyección social, es engañar y engañarse, o, como diría un filósofo oriental, montar dos caballos al mismo tiempo.



Así el docente (ya dejando de lado a los administrandroides), podrá ser político en toda la amplitud de la palabra, evitando únicamente ser acólito, para entender los problemas de la sociedad y desde su trinchera académica hacer entender esos problemas a sus estudiantes, lo que implica, por supuesto, mayor y mejor preparación para el docente, desde las primeras letras, en el entendido de que los jóvenes estudiantes necesitan ciencia, técnica y ternura, así como en la educación básica, para su eficaz formación profesional. Encinas decía, sobre el particular: “hay que borrar del consenso la clasificación de los maestros en primarios, secundarios y universitarios; habrá que crear un escalafón científico que conceda el verdadero valor personal a los maestros de acuerdo a su capacidad intrínseca”.



Si con esos parámetros trabajan los maestros, esto es, con los alumnos y con la comunidad, así sea abogado, ingeniero o profesor, hasta los exámenes memorísticos, escolásticos, obligatorios, escritos o transcritos, pasarán a ser un deporte y no un castigo. “Técnicamente el examen es un absurdo en la escuela primaria, un error en la secundaria e inútil en la universidad”, decía Encinas. A los estudiantes hay que decirles que se preparen para la vida, y no para los exámenes. Para la lucha por la vida, dejando de lado este sistema de engaños que todavía se practica, hasta en las escuelas de posgrado.



Es decir, un sistema de cambios de conducta para salvar a la universidad. Los otros asuntos: presupuesto, sueldos, métodos, méritos, obras, concursos, horas de trabajo, etc., son importantes, pero no tanto como los profesores y alumnos, llamados a ser hombres universitarios antes que imitaciones, como sentenciaría Ingenieros. Hay que intentarlo o morir en el empeño.



Finalmente las autoridades, que ojalá se acerquen más a sus docentes, antes que a los ministerios, deben exigir de sus facultades académicas, oportunos pronunciamientos acerca de la problemática que les atañe por especialidad, con sus correspondientes propuestas institucionales.



miércoles, 7 de marzo de 2012

VICIOS ‘METODOLÓGICOS’ DE LA ENSEÑANZA MODERNA



Necías E. Taquiri Y.

Ahora que van a reiniciarse las clases, luego de las vacaciones, permítasenos felicitar a los buenos maestros que vuelven predispuestos a dar lo mejor de sí a favor de sus alumnos. Luego, y muy respetuosamente, sugerir a algunos colegas que, tal vez cansaditos ya de haber trabajado sin haber logrado fortuna, o de no haber construido palacetes, a fin de que, si van a seguir haciendo docencia, no descuiden su responsabilidad, que vuelvan a sus fueros más íntimos, esto es, a su vocación de enseñanza, y se alejen de esos vicios metodológicos supuestamente modernos, que en los hechos no funcionan.

Nadie está planteando –ojo- que los maestros volvamos a práctica de la educación mecánica y puramente tradicional, ni mucho menos; pero, cuando observamos que luego de una introducción maravillosa que preparan ciertos maestros para el primer día, luego proceden a la consabida distribución del contenido de la asignatura entre sus alumnos, para que éstos investiguen por su cuenta, individual o grupalmente, y por turnos vayan exponiendo ante sus compañeros lo que han investigado, nos da la sensación de que a esos maestros se les paga únicamente por la clase introductoria, con razón, y luego vanamente por asistir a escuchar las clases de sus alumnos.

Nos dirán que así es pues la educación moderna o la educación constructivista que recomiendan los teóricos más adelantados de la pedagogía; que así es como trabajan actualmente los profesores de Finlandia, Argentina, Cuba, Francia, España o los Estados Unidos. Que son los mismos muchachos los que ahora deben de encargarse de la búsqueda de libros, de su lectura, de resumirlos, de exponer en competencia y de discutirlos, porque así es como construyen sus propios aprendizajes.

¿Y qué hacen los maestros modernos? Pues, nada. Perdón, perdón, sí hacen muchas cosas: se sientan cómodamente en un rincón del aula, observan bostezando o dormitando cómo exponen sus alumnos, qué materiales utilizan durante su exposición (hay quienes exigen y hasta obligan el uso de las computadoras y proyectores durante sus exposiciones, para demostrar que ya estamos en el 2012, actualizados, y no en 1900), comentan sobre lo expuesto, critican, felicitan o cuestionan la calidad de las exposiciones, se ponen muy serios a veces o muy complacientes, según cómo se encuentren anímicamente en esos momentos, de acuerdo a cómo les vayan también sus relaciones con la luna y, oh labor de labores, califican; mejor dicho, ponen notas. ¿Hacen mucho, no?

Este es un vicio, o una desviación de la metodología de la enseñanza moderna observada con demasiada frecuencia en escuelas, colegios, universidades y estudios de post grado, que en salvaguarda de las originales y siempre vigentes funciones del profesional de la enseñanza, debería de corregirse o limitarse con urgencia, por cuanto está convirtiendo a nuestros profesores –otrora estudiosos y preocupados por preparar sus clases a diario- en virtuales ociosos o en improvisados y hasta cínicos personajes que se hacen del oído sordo cuando sus pobres alumnos les preguntan el cómo o les exigen asistencia permanente.

“Acabo de terminar una asignatura en la maestría de una universidad –nos decía un estudiante de post grado- y francamente no he aprendido nada, lo que es, absolutamente nada del profesor. No sé por qué le pagamos tanto, por cuanto nosotros sostenemos esos estudios. En la clase introductoria se llenó de halagos para consigo mismo; nos contó acerca de los países que había visitado merced a que lo habían invitado porque es un gran literato (o poeta, o algo así), que en esos lares la vida es así o asá, y que aquí estamos descuidados porque aún no nos incorporamos aún a la aldea global. En un curso donde teníamos que aprender cómo se siembran papas, ollucos y camotes, se dio el lujo de hablarnos de sus versos, de valores morales, de prístinas acciones, para luego obligarnos a exponer temas que sacamos de viejos y hasta desfasados textos, con la única particularidad de que tuvimos que hacerlo utilizando computadora y proyector”.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿POR QUÉ TENÍAN QUE ‘QUEMARLO’?



Necías E. Taquiri Y.

Delito de lesa cultura fue haberlo ‘quemado’ (*). En público, con saña, a plena luz del día y sin motivo alguno. No hay derecho, caracho. Lo digo públicamente dolido en el alma, en esta tribuna del pueblo donde habitualmente hablamos serenamente sobre asuntos delicadísimos, tanto regionales, nacionales e internacionales, inclusive.

Nunca antes como ahora, nos había conmovido tanto el que lo hayan ‘quemado’ como si fuese un vulgar delincuente. Sus ejecutores (pobres diablos, de quienes nadie sabe de dónde han venido, a qué se dedican), no tuvieron el mínimo reparo de haberle echado en la cara, el cuello, sus axilas, sus cansados pies y el cuerpo todo, el ‘combustible del desagradecimiento’, para que arda rápidamente y no quede la menor posibilidad de sobrevivencia, aunque sea con quemaduras de tercer grado.  

Lo han ‘quemado’ cuando estaba vivo, en la cúspide de su existencia. Se sentía decente y sinceramente satisfecho, tras haber contribuido a que los pobres y ricos de esta parte del planeta, tal vez hasta sin merecerlo, hayan cosechado tal cantidad de alegría que normalmente nunca lograrían ni con todo el dinero de Gates puesto en sus bolsillos para gastar como les dio la gana.

Lo han ‘quemado’ olvidando que apenas días antes, qué días, ¡sólo horas antes!, gracias a su bondadosa e ilimitada autorización, disfrutaban de la dulce y reconfortante comida, de la espirituosa y salvadora bebida, del abrazo amigo y del beso libidinoso, sin que por eso sientan vergüenza alguna o teman que los juzguen los decisores de la justicia nacional o mundial, porque este buen hombre, al que acaban de pagarle mal, tenía poder supranacional y el perdón por costales para los pecadores, a fin de que lo usen como escudo frente a todas las críticas, maledicencias, envidias u odios.

¿Por qué tenían que haberlo ‘quemado’, por qué? ¿No han escuchado que no llevaba el rostro de nadie, ni representaba a ninguno? ¿Por qué tenían que haber procedido de esa manera, cuando ni siquiera se parecía a Alan García, Antonio Chang, Rey Rey, Flórez Araos, Aldo M., Bush, Obama, Jirafales o Malena?, pregunto por última vez, ¿por qué?

¡Insensatos, equivocados, genocidas!, lo que han hecho ustedes no tiene nombre, o, mejor dicho, sí tiene nombre: delito de lesa cultura. Porque han ‘quemado’ a quien representaba al hombre y a la mujer de Huamanga señorial, del simbólico Wari, del Chuschi emblemático, de la utilizada Uchuraccay, de la bella Huanta, del paradisíaco Huancasancos, de la arguediana Sarhua o del querido Misapa-siñalnin. Lo han hecho cuando ayer nomás declaraban a nuestros carnavales como “Patrimonio cultural de la nación”. Han ‘quemado’ a quien estuvo a punto de convertirse también en el señor de los hijos de Puno hechos en Ayacucho. ¡Lesa cultura, pues!

Han ‘quemado’, en fin, a quien no debieron. Si lo hubieran hecho con quienes ustedes creían a los que se parecía, en plaza pública y para escarmiento de los otros, tal vez no hubiéramos criticado tanto, y menos con palabras tan duras como éstas; pero, tratándose de Él (lo escribo con mayúscula), no me queda sino ratificarme en que son ustedes (pirómanos de febrero), unos malagradecidos, desventurados, irreverentes, borrachos, zánganos. Sus hijitos, ‘pobechitos’, cuando nazcan de aquí a nueve meses, no tendrán padrino, por culpa de ustedes, ni conocerán al mentor de sus llegadas. Snif. 

Han ‘quemado’, al respetable Señor de los Carnavales, el Rey Momo, Q.E.P.D y QPV (que pronto vuelva), antes de que el calentamiento global nos desaparezca orgullo y todo. * (En el sentido semafórico de la palabra, porque en realidad ya no queman, sino guillotinan). 

viernes, 17 de febrero de 2012

¿SABÍAN QUE LOS PERIODISTAS LO SABEN TODO?



Necías E. Taquiri Y.

Durante seis meses nos hemos alejado de la actividad periodística para convertirnos en ciudadanos comunes que observan la labor de los periodistas (después de 30 años de ejercicio comunicacional personal). Nos referimos, obviamente, al periodismo ayacuchano, porque del periodismo nacional no queremos opinar aún, debido a que tampoco queremos confundir lo nuestro con las particularidades de la profesión en otros lugares.

En ese tiempo, comprobamos que ‘periodistas’ hay de todos los tipos y en todos los medios: radioemisoras, canales de televisión y periódicos pequeños que circulan con relativa periodicidad en la ciudad de Huamanga.

Otro detalle importante, observado durante estos seis meses, es que, si bien algunos periodistas ayacuchanos, alcanzan informaciones con relativo cuidado, después de haberlas redactado previamente y con apego a la objetividad exigida, los otros, de un total de 200, aproximadamente el 90 por ciento, no hacen sino llevar apuntes, grabaciones o filmaciones que, luego, con un castellano alborotado, sin decencia ni objetividad, ni reparos de concordancia de género y número, ‘rellenan’ irresponsablemente con sus comentarios adicionales, llenos de suspicacias, supuestos e hipótesis de toda naturaleza, con el denominador común, de que actúan con una sabiduría supuestamente superior al de cualquiera. ¡Periodista, pues!

Dan una noticia, por ejemplo sobre las declaraciones de un alcalde, de un funcionario del gobierno regional, del magistrado equis o del profesor zeta, o, a raíz de haber recibido una llamada telefónica de cualquier oyente o televidente, y param-pampam, tienen el pretexto exacto para regodearse durante el tiempo que les dé la gana, porque algunos son empresarios-periodistas, y lo pueden combinar con sus 20 ó 40 textos publicitarios, más una o tres noticias que, a veces, son monotemáticos y los repiten de lunes a viernes con ligeras variaciones, dando (eso sí) lecciones de moral, ética, razón, justicia y todo tipo de valores.

Todos los periodistas son sabios, expertos y prístinos cuando hablan. Delante de los micrófonos de cualquier radio, como mismos oradores. Y delante de las cámaras de televisión, con todos sus gestos de grandilocuencia, muecas y señas.
No hay nada que no sepan los periodistas de Ayacucho a profundidad. Saben tanto que cuando les da la gana tratan de ignorantes a los ingenieros, porque una obra salió mal, y deben irse a sus casas; de corruptos a cualquier funcionario, empleado o colega; y, en fin, a cuantos se le crucen en el camino, o en cuanta noticia aparezca el pobre ignorante, para merecer el veredicto calificativo del periodista sabio.

Algunas mujeres, que también se dedican al oficio; desde el oscuro rincón de alguna callejuela de redacción, nos atosigan el oído y la vista, con su moralina y complejos de superioridad, que si dios existiera, sintiera celos por ‘haberlo superado’.

Y pensar que si les haces un elemental seguimiento, estos sabios tienen, no yayas sino carcas en su vida personal, y defectos en el oficio porque escriben así: “a venido”, “viajó ha Lima”, “a ‘decido’ en su discurso”. Si se atrevieran a estudiar en la Universidad, no aprobarían ni Español I. Y sobre filosofía o ética, saben tanto ‘como de alfajor, los asnos de monte’.

Si estos 200 periodistas se ‘trasladaran’ a ocupar todos los cargos de todos los  funcionarios, jueces, fiscales, líderes, militares, estadistas o alcaldes que critican a diario, calificándoles con aires divinos matiné, vermouth y noche, Ayacucho sería el lugar más maravilloso de la Tierra, o el moderno Olimpo del siglo XXI, en la tierra de las 33 iglesias. Lo malo es que, de esos 200, podrán 10, atreverse a tocar las cuerdas de la guitarra con sus propias manos, ya que los demás, a lo sumo, preferirán seguir como están: bla, bla y bla.       

martes, 31 de enero de 2012

PREFIERO MIS LIBROS, AL INTERNET




Necías E. Taquiri Y.

Los libros han tomado formas virtuales con accesibilidad más o menos amplia para los que ingresaron al mundo del internet con frecuencia. Los hay de los que se pueden bajar en forma gratuita, otras que se pueden comprar en las bibliotecas más caras, utilizando los famosos CDs o los cada vez más memoriosos USBs de uno, dos, cuatro u ocho gigas, que facilitan su transporte como si se estuviera llevando una cajita de fósforos en el bolsillo. Pero, como los libros reales que los podemos ver, oler, tocar, sentir, mirar, guardar, forrar, marcar, ajar, romperlos, coser, empastar, perderlos, recuperarlos, rematarlos, donarlos o comprarlos a precios de ‘librería suelo’, aunque sea, que me perdonen los lectores virtuales del mundo, imposible!

Dirán ustedes –los más jóvenes, claro- que es “cuestión de edad”, como manifiestan también los amantes modernos en una canción, “es cuestión de piel”, para decir que los mayores ‘ya fuimos’. Pero, como profesor de generaciones que están aprendiendo muchas cosas, entre ellas leer, sé que no hay nada más hermoso, duradero, placentero, natural y vivencial, que aprender cualquier asunto de la vida, o la lectura, específicamente, con la intervención del mayor número de sentidos: La vista, el oído, el tacto, el olfato, etc. Eso que está presente en la lectura del libro real y no en lo virtual, aunque utilice formas y  colores también virtuales.

“Los libros, aparte de otros placeres de la vida, son herramientas que nos permiten ir aprendiendo, descubriendo y fomentando acciones positivas para mejorar nuestra vida y la de los demás; más aún, nos invitan a volar con nuestra imaginación por un mundo de fantasía sin límites (Blas Luje Peñafiel). A pesar de las innovaciones tecnológicas, de la televisión satelital, el Internet, etc., el libro sigue siendo el mimado de chicos y grandes. ¿Quién no ha tenido en sus manos libros fantásticos y coloridos, libros que han dejado huella en el tiempo y en los corazones? Libros que venían desde rincones remotos del planeta y que van saliendo del numen de nuestros vates y escritores, de pronto peruanos y aun ayacuchanos.

En estos momentos, verbigracia, en mi pequeña pero valiosa biblioteca real, tengo a la vista los maravillosos “Escritos juveniles”, “7 ensayos…” y “Temas de educación” de Mariátegui; otro de Ingenieros, “El hombre mediocre”; “Cosmos”, de Carl Sagan; “Cien años de soledad” de Gabo; “El capital” de Marx; “Desde Europa”, colección completa de Vallejo, en prosa y crónicas; “El código da Vinci” de Dan Brown; “Sabio Julio C. Tello” de Jaguande; “Safari americano” de Fernando Romero Pintado; “Madre” de Gorki; “El mundo indígena” de Editorial Los Autores; “Carta abierta a los psicólogos” de J. L. Merani; “Teoría de la moral” de Shiskhin; La Biblia; “Cultura y personalidad” de Ralph Linton; “Retablo” de Julián Pérez; “Alfareros del imperio Wari” de Ochatoma Paravicino; “Hablan los diablos” de Fernando Cabieses; “El valor de educar” de Fernando Savater; “Canto Grande y las dos colinas” de Carlos Infante; “Patas arriba” de Eduardo Galeano; “Sólitos e insólitos” de Baltazar Azpur; el Libro Jubilar de la UNSCH; “Romancero morochuco” de Víctor Tenorio, “Derecho procesal civil” de Raúl Palacios, “La Frontera” de Juan Alberto Osorio; etc., y caramba, estos libros y cien o doscientos más, viejos y nuevos; científicos o religiosos; literarios o periodísticos; infantiles o deportivos, rondándome en la salita querida, no los cambio ni por toda la biblioteca virtual del mundo, porque son míos. Los puedo tocar, hojear, leer y releer, empezando por la dedicatoria de algunos de sus autores.

Lo planteamos en estos términos, a propósito del Plan Lector emprendido por el Ministerio de Educación en escuelas y colegios, con la esperanza de que, ojalá con la ayuda de los maestros más humanistas –que todavía quedan- podamos arrancar a nuestros estudiantes, niños y jóvenes de ambos sexos, de las garras del vicio, el ocio, el superficialismo, la fatuidad, el engaño, la apariencia y la corrupción; porque si de distracciones y placeres están acaso carentes, tenemos la obligación de enseñarles que en los libros están los más inmensos, maravillosamente superiores y duraderos. Nunca es tarde para aprovechar la ocasión y que, como diría algún visitante, si aprendemos a leer nunca más seremos esclavos.

jueves, 26 de enero de 2012

EL PERIODISMO Y LA VIDA



Necías E. Taquiri Y.

El periodismo íntegramente practicado es, sobre todo, una actividad intelectual. Pero, a diferencia de las otras actividades intelectuales, de las muchas que existen, practicadas también por otros profesionales, tiene particularidades especiales que solo tras el ejercicio constante, casi durante la vida entera, apasionadamente, amorosamente, podría entenderse, sentirse y gozarse (o sufrirse) con la profundidad del caso. Jamás lo entenderían a cabalidad, por ejemplo, aquellos que empiezan a ser periodistas tardíamente a los treinta, cuarenta o cincuenta años, acaso después de haberse ya desenvuelto –digamos- como empresarios, abogados, economistas, policías, comerciantes o párrocos.

Es una actividad que se ejerce no a la conclusión de una carrera profesional y la consecuente obtención de un título o licenciatura (que es un permiso formal establecido por la legalidad), como ocurre en otras profesiones; mucho menos al finalizar estudios técnicos de alto nivel, ni cuando se ingresa, por fin, título en mano, a la radio, la televisión o la prensa (como genéricamente se piensa), sino –permítasenos la confesión- al comenzar en los hombres ‘la edad de la razón’ (en términos de Vasconcellos), del gusto, de la definición y el ejercicio mismo del oficio, o cuando se empieza a hablar o escribir, y, en última instancia, cuando se emprende el camino por la vida.

Es por ello que el periodista lo es, en realidad, desde que tiene alma; es decir, antes de haber concluido la primaria o la secundaria, inclusive. Ah, si palabras precisas existieran para describir lo que se siente y se percibe ser periodista desde el periodismo, caramba, no tendríamos empacho alguno en utilizarlas abierta, permanente y didácticamente, para compartir espiritualmente esta especial manera de haber nacido para ser periodistas o esta especial pasta adquirida para cincelar el periodismo.

El rasgo común de todos los periodistas (del tipo que estamos describiendo), es su cercanía inicial al campo literario. Los mejores periodistas del mundo, casi fueron acunados por los libros -propios o ajenos, pero libros al fin- que supieron ‘devorar’ sin que los hayan obligado para aprobar académicamente asignaturas. Los periodistas que no leen libros, que no gustan de la literatura (en general), los que no se desviven por conseguir las últimas publicaciones, al extremo de preferir una, antes que consumir ricos potajes o comprarse una camisa o unos zapatos, podrán llegar a ser puntuales dadores de la noticia, pero buenos periodistas, imposible. Esa es la cercanía casi umbilical, y un requisito elemental, que existe entre la actividad periodística y la actividad literaria.

¿Qué clase de periodista sería el que escribe universidad con ‘h’ y asume la jefatura de redacción? ¿De qué calidad de periodistas estaríamos hablando si después de haber ejercido la profesión durante mucho tiempo, siguen desconociendo concordancias de género y número en la producción de la noticia y el comentario? Y esos defectos, en el periodismo tiene nombre: aversión a la lectura, aunque juremos que somos lectores, académicos o genios, porque, por la forma de cómo hablamos o cómo escribimos, nos delatamos los periodistas.  

La literatura siempre estuvo presente en el periodista como una insaciable necesidad de leer y una insaciable necesidad de ir mejorando la dicción y la redacción. Y los que no estudiaron periodismo, digamos en una academia, pero la ejercieron exigiéndose lectura, al decir de Diego Cornejo, podrían autodefinirse periodistas por convicción y escritores por necesidad periodística. Son actividades porfiadas e irrenunciables, ambas; al final de las cuales, y agazapada tal vez, se encuentra la tentación última: escribir y publicar. Más allá no queda nada. Más acá “el silencioso combate con el lenguaje”, que por cierto también es juego, experimentación, apuesta. Escribir por el hecho de ser periodistas; hacerlo por la necesidad instrumental de explorar las infinitas formas del lenguaje, por hilvanar los inacabables derroteros de las historias en las que nos perdemos y a la vez nos encontramos. ¡El periodismo, la literatura y la vida!

jueves, 19 de enero de 2012

LA INTERMINABLE LUCHA DE LOS MAESTROS




Necías E. Taquiri Y 

La larga lucha emprendida por los maestros del SUTEP es francamente admirable. Se han ganado el cariño y admiración del pueblo (de sus alumnos mejor preparados, de los padres de familia conscientes de la labor que ejercen, de los intelectuales en general), y el odio enfermizo de los gobiernos de turno, que si estuvieran en sus posibilidades, hace tiempo los hubiera despedido del trabajo, de canto a canto, sin miramiento alguno” (decíamos en enero 2008, y no hemos cambiado de opinión).

Les impuso la Ley General de Educación donde se declara abiertamente que la educación es un servicio (tanto como el agua, la luz eléctrica, el Internet o el teléfono, que te cuestan, en soles o dólares, un ojo de la cara y despedazan tu presupuesto personal, familiar o institucional), la Ley de la Carrera Pública Magisterial y su correspondiente Reglamento; pero, no han podido destruir al Sindicato más férreo de los últimos 20 años, y han tenido que reconocer que ¡no podrán evaluar obligatoriamente a todos los maestros –como tenían dicho-, con fines de despido, sino sólo a los nuevos y a los nombrados que así lo deseen (con el incentivo tentativo de ‘pagarles más’), traicionando a su sindicato y saliendo de la Ley del Profesorado!
Por lo pronto, los profesores que habiendo sido nombrados con la Ley del Profesorado no quieran someterse a evaluación alguna, simplemente no lo hacen, sin que por eso les puedan sancionar el gobierno, la DRE o las UGE, dado a que el Reglamento de la Ley de la Carrera Pública Magisterial no puede aplicarse retroactivamente y tampoco atentar contra la estabilidad ganada. La vigencia de la Ley 24029 está garantizada, si bien a ella, a partir de la vigencia de la Ley 29062, tampoco podrá ingresar un maestro más.
No obstante, la lucha de los profesionales de la educación apenas empieza. Lo que supone –tomando en cuenta los principios y razones del gremialismo- tener presente que en cualquier momento, por el tiempo que sea necesario, con los riesgos y beneficios que eso conlleve, protagonizarán paros, marchas, huelgas y, claro, la lucha legal ante las instancias más diversas del gobierno.
La intención del SUTEP es ‘bajárselo’ la LCPM y la propia Ley General de Educación. En ese camino, con 12 mil firmas debidamente registradas, de las 5 mil que se necesitaban como mínimo, presentaron ese año (2008) ante el Tribunal Constitucional la demanda de Inconstitucionalidad contra la Ley de marras. Existía un antecedente, a raíz de igual demanda y contra la misma Ley, por el Colegio de Profesores del Perú, la misma que fue ya había sido admitida, con lo que preveíamos que, más tarde o más temprano, aunque sea en los siguientes gobiernos, los maestros tendrían las de ganar. La razón les asiste y las leyes, también.
A raíz de estos comentarios, que a título personal y con entera responsabilidad emitimos –sin empachos ni disimulos- nos calificaron como ‘políticos más que periodistas’. A la que respondimos y nos ratificamos con palabras de Bertolt Brech: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de un libro, del pan de la harina, del zapato y de los remedios, dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales, el traidor”.

viernes, 6 de enero de 2012

PRENSA CHICHA, ‘PRIMERA’ EN PREFERENCIA

Necías E. Taquiri Y.

Una forma de periodismo que se impone mediáticamente en el Perú, y por supuesto en Ayacucho, es aquella que se conoce como prensa chicha. Porque, como la chicha de nuestros ancestros, tiene que haber fermentado para provocar alegrías y borracheras. En el caso del periodismo chicha, esa borrachera se  resume en ‘preferencias’, caramba, porque gusta, es popular, tiene sintonía y, en las encuestas o en la medición de sintonía, ocupan los ‘primeros’ lugares. 

La que despliega Magaly Medina, es un ejemplo. Fisgona, chismosa, metiche, destructora de hogares, gonfalonera de moldes, dejos y estilos faranduleros, experta en sensacionalismo y difusora de valores torcidos, es decir, una pésima especie, ¡pero miren, de gran preferencia en sectores de la clase media para abajo, con atisbos de estar metiéndose en los de arriba, inclusive.

La ‘prensa’ chicha (en radio), envenena nuestros desayunos y almuerzos con sus desaguisados y repetitivos insultos que van empacados en papel de regalo brillante, con adornitos de anti corrupción. Son un monumento a la disconformidad, una oda al pesimismo, un estropicio lingüístico y sensacionalista hasta nomás, porque cuando se prende de algo o de alguien, prosigue ‘sin jamás desfallecer’, aunque le demuestren que están cayendo en error o en generalizaciones irresponsables. Una, se desenvuelve con voces hasta infantilizadas, para ‘cautivar’, y la otra (faceta), no deja de mentarle a la madre a aquél que ose contradecirla, con cierta dosis misógina, inclusive.

En ambos casos, deberían de dedicarse a la línea temática de la Medina, porque les va bien y seguirían en la cúspide de la preferencia (ya que eso le gusta a la gente); pero, acaso porque no hay mucha farándula o porque el falso ego les despistó, hacen política, fungen de analistas e inclusive de abogados, cuando por ejemplo, de destruir a los rivales locales se trata (periodistas, autoridades o ciudadanos comunes). Se arriman a las instituciones y a los funcionarios de la capital, como si ellos representaran la perfección normativa, contaran con autoridad moral o que resumieran la santidad del Estado, olvidando que este aparato está para dos cosas: proteger los intereses de los que más tienen y evitar que los de abajo les incomode. ¡La ley!, gritan los hurracos, aunque ella perjudique a los pueblos.

La prensa chicha –fácilmente distinguible- resalta lo escandaloso, lo privado, lo negligente, lo indebido, los errores, con prioridad por sobre los otros acontecimientos del día.

 La subcultura masiva (y no pueblos), las prefiere. Pues, luego de una información de esa naturaleza (que más parecen descripciones de la pulga sobre el calzón de turno), rumoran, discuten, aplauden, ríen y hasta se proponen a participar en ‘el programa’, para seguir con el morbo.

Mientras tanto (con qué tiempo, pues; y con qué análisis), desconocen que la educación de sus hijos es para seguir formando este tipo de personas, debido a que en  la prensa están todas sus expectativas chismosas. Si se da una medición de sintonía, quién sino esos chicheros, van a ser considerados como los mejores del año.

En los ochentas se formalizaron los chicheros de la prensa en Lima. Con anuencia y auspicio económico de los propios gobernantes. ¿Por qué? Porque era preferible tener amontonados a los peruanos de todas partes en Lima haciendo chisme, concordando con los titulares sensacionalistas, para evitar que los jóvenes se enrolen en las huestes de la subversión. La chicha fermentada (en la prensa) los tenía tontos, desideologizados, danzantes, cantantes y ‘chupantes’ del morbo, como anillos hechos al dedo de todos los paisanos.

Aquí pasa lo mismo, solo que con 30 años de retraso. Como siempre o como ocurre por ejemplo con la educación. Estamos de moda, con aquello que en otras partes está desfasado. Prensa chicha, irresponsable, procaz, sensacionalista.